CRÓNICA: ENTRETENIENDO LA FE
Amanecía, los
primeros rayos del sol daban la bienvenida a un domingo caluroso de abril, la
primavera en su máximo auge, esperando por derretir a los habitantes de aquel
pequeño municipio de Ixmiquilpan que recibían el periodo vacacional más esperado
desde las fiestas decembrinas.
Muchas ciudades y
capitales del país empezaban ese segundo domingo de abril de la misma manera,
con la única diferencia de que para los habitantes de ese pequeño municipio de
Ixmiquilpan, significaba el inicio de una semana de festividad. Pero no de
aquella en donde juntas a todos tus amigos y familiares, preparas la hielera,
la carne, el asador, las bebidas y tomas rumbo hacia los balnearios, aguas
termales y parques acuáticos que
contornean la carretera México – Laredo.
No, esta
“festividad” para los habitantes, significaba el inicio de la semana santa, que
en resumidas cuentas, para la mayoría de personas, es recordar por parte de la
iglesia católica, la muerte y resurrección de Jesucristo, uno de los personajes
históricos más importantes del mundo después de Hitler. O bueno al menos eso
dice Google.
Sin embargo,
pensar esto equivale a ignorancia, a no saberse todo el chisme completo. Y que
mejor lugar para enterarse de todo que un domingo en familia, o con los amigos,
o con quien quieras.
Claro que
primero, como en toda tradicional familia católica mexicana, los domingos a las
diez en punto de la mañana debes estar en la iglesia, con cara de sueño, pero
presentable, eso sí, mucha gente, olor a incienso, paredes con pinturas medio
raras, bancas color café, todo parece viejo, personas mayores hablando quedito,
niños llorando, y todo perfecto para darte cuenta de que ese domingo en
particular, algo es muy distintivo a las veces anteriores, en que has asistido,
la gente ya no lleva en la mano su celular, o la cartera, o cualquier otra cosa
que no puedan perder de vista, no, ahora en cambio, sostienen palmas verdes, y
caes en cuenta de que el lugar se ve más lleno de lo habitual.
Es cierto, lo
escuchaste alguna vez en tu clase de catecismo, o de alguna tía muy santa; es
domingo de ramos. Las pequeñas bocanadas de aire fresco que se cuelan por la
puerta te permiten seguir vivo del tremendo calor que comienza a notarse.
Mientras la celebración comienza entra el sacerdote saludando a todos, dando la
mano, acompañado de esos cuatro “guardaespaldas” de túnicas blancas, al fondo
suena el coro, con una guitarra muy afinada y una voz que recita canciones de
una manera muy aguda, la gente, no toda, canta y se le ve alegre, todos con las
palmas verdes, sostenidas por sus manos que ya empiezan a sudar.
Lo intuyes, toda
una semana de películas de la pasión de cristo en televisión. Si bien nada de
esto te viene mal, aunque tampoco te mantiene a la expectativa, entiendes que
toda la gente presente, dentro de esa enorme iglesia, con pinturas,
candelabros, cruces, figuras de santos, etc., no hace más que confesar su fe,
la fe en el catolicismo, en un país que es libre, y que sin duda no le vienen
mal dos semanas libres y de descanso.
Al fondo el
sacerdote termina el protocolo inicial, de pie en el altar, y… vestido de rojo,
una túnica roja, no de color morado o blanco como la mayoría de las veces, esta
vez de rojo. Sentados delante de él, los personajes para la semana, cuyo único
fin es representar una de las muertes más trágicas de la religión católica, la
de Jesús de Nazaret en manos de los romanos.
Entre esos diez
o doce hombres, vestidos con túnicas blancas, de barba crecida, destaca uno con cabello largo y barba tupida,
sin duda es el, a quien le espera la peor parte.
La celebración
continua, el sacerdote lee pasajes de la biblia, relatando lo que ocurrió hace
más de dos mil años en el pasado, relatando la vida del protagonista más bueno
de todos los buenos, que en poco tiempo morirá para salvar al mundo. A la par
explica, que la recepción con palmas
verdes, hace alusión a la entrada del Nazareno en Jerusalén, donde la gente de
aquella época lo recibió como el rey salvador, pero eso sí, muy modesto y sin
alardear. Lección número uno aprendida,
humildad.
Protocolo tras
protocolo se repite hasta que acaba la celebración. Reforzar la fe, comentan
las personas cuando van saliendo, se les ve felices, se les ve tranquilas,
quizá sí, escuchar, ver, sentir y oír lo que todo mundo sabe, una vez más,
resulta bueno y reconfortante para ellos, y tal vez para ti también.
Afuera el sol se
intensifica, necesitas regresar adentro, adentro se sentía más fresco, claro
que tu día debe continuar, ya te has enterado de todo ahí dentro, con las
figuras de mármol mirándote fijamente, y la gente estrechándote la mano.
Por el momento
es todo, pronto seguirás con la semana santa, ahora es tiempo de comprar algo
frio, un helado estaría bien, los comercios a tu alrededor te abren sus
puertas, sigue siendo domingo.
-
La tarde de
jueves transcurre con normalidad en el pequeño municipio, un día que tan solo
cumple la función de abrir la entrada al día más esperado de la semana, viernes.
En el centro del
municipio empieza a haber movimiento, las campañas de la iglesia resuenan, la
gente comienza a entrar, hay tráfico a los alrededores, pero quienes llegan a
la celebración de la misa vienen caminando desde su casa, pues encontrar
estacionamiento les sería imposible.
La tarde es
fresca, el sol comienza a descender, pero ilumina todavía las calles, los
comercios y el vaivén de la gente que se aglomera en el jardín principal, desde
niños corriendo por la explana hasta parejas sentadas en las bancas o cerca de
la fuente que logra salpicar gotas de agua en el piso.
Ya en el templo,
las personas se acomodan en las bancas, de nuevo es demasiada, pero esta vez
todo luce más tranquilo, el ambiente es sereno, los arboles filtran pequeños
rayos de sol que se proyectan en el altar principal. La celebración comienza,
el sacerdote da la bienvenida, se lean las lecturas bíblicas, el coro canta,
pero esta vez acompañado de un órgano saturado, que resuena por todo el lugar.
El ambiente se vuelve místico.
Apunto de
terminar, comienza una representación, o bien el inicio de lo que será la
odisea de Jesús y sus apóstoles, los acontecimientos centrales de la fe católica,
que comenzaran con el recorrido del viacrucis al día siguiente.
Ese jueves
dentro del templo, se hace una representación un tanto curiosa; el sujeto
vestido de blanco, cabello largo y barba tupida, comienza a lavar los pies de
otros doce hombres que están vestidos igual que él, con la única diferencia de
que ellos están descalzos. Sentado en un banco metálico, el personaje de Jesús
vierte agua y remoja los pies de los apóstoles en una pequeña tina de agua,
mientras el coro acompaña dicha escena que a muchos deja sin saber que decir.
¿Qué significa aquel
acto?, los más jóvenes se lo preguntan, que raro, que interesante, son algunos
de los comentarios que se escuchan, los niños preguntan a sus padres, y sus
padres les piden silencio.
Un rey, el
rey de los judíos, hace dos mil años,
lavando los pies de quienes le sirven a él, antes de ser entregado a los
romanos. Lección numero dos aprendida, humildad.
La celebración eucarística
finaliza, el sacerdote da la despedida, pero antes de que todos se retiren dos
personas se paran en el centro del templo con una gran canasta de pan para
repartir a los demás, la gente lo toma, no todos alcanzan. ¿Por qué les dan pan?,
es casi obvio, todo está listo para acompañar al Nazareno en su última cena.
Afuera es de
noche, las personas salen, pero no todas se dirigen a sus casas. En la entrada
principal se acomodan soldados, fariseos, mujeres, y hasta al frente aquel que tendrá
que cargar una cruz de madera al siguiente día, acompañado de sus doce
seguidores. La gente se acomoda de pie, alrededor de todos ellos, que caminan
en dirección al jardín principal, en donde los esperan dos pequeños escenarios montados casi de
improviso.
Aprensión y traición,
se titula ese jueves por la noche, un
salpicado de luces por todo el lugar, ruidos de carros, turistas, comercios de
comida alrededor, y por supuesto la multitud presenciando la cena de Jesucristo
con doce hombres más, arriba del primer escenario. Unas bocinas a los lados
permiten escuchar mejor lo que hablan entre aquellos que se pasan una copa y
recitan frases que la mayoría conoce. El ambiente ya es frió, hay luna llena, y
se posa perfecto por encima de todos.
No hay mucho
murmullo, de fondo suena una melodía, que acompaña a los diálogos recitados por
los apóstoles y Jesucristo, “seré yo maestro” se repite casi doce veces. Cuando
finaliza la ultima cena, los trece hombres de túnica bajan del escenario, un
grupo de staff mantiene a las personas al margen, para que dejen pasar a los
actores.
En la otra mitad
de la explana está el segundo escenario, ocupado por soldados romanos, que
empuñan sus lanzas. Un personaje particular vestido con una túnica color negra,
camina entre la gente, riéndose, con la cara pintada de blanco. Es la muerte
interactuando con el público.
Arriba con los
soldados romanos, Judas, quien conversa con el rey Caifás, y recibe sus monedas
de plata por entregar a Jesús de Nazaret. “Es el malo ¿no?” dice una señora que
carga a su hijo de tres años. La gente se mantiene expectante, las lámparas iluminan
los escenarios. El beso en la mejilla por parte del traidor sentencia al buen Jesús.
“Eres tú el rey
de los judíos” dice Caifás. El protagonista se encuentra ya arriba del segundo
escenario, los soldados lo golpean, el cae al suelo, lo abofetean y termina de
nuevo en el suelo. “Crucifíquenlo” corea la multitud. Los soldados se llevan al
actor (Jesús) de regreso al templo. Su muerte está cerca.
La representación
termina con el suicidio de Judas, que baja del escenario, y se ahorca en un árbol.
El grupo del viacrucis agradece y se despide, mañana se aproxima el acto final.
La gente comienza a dispersarse y a dirigirse a los pequeños locales de comida,
y a sus casas, mientras el pobre Judas permanece colgado del cuello. Pero que
buen final.
-
Un evento
principal, un viernes, una historia, un camino, y un recorrido; como en toda tragedia griega, el protagonista
debe sacrificarse.
A las 10 en
punto de la mañana, soldados, mujeres vestidas de fariseos, hombres con túnicas, y por supuesto el actor principal, salen de la
parroquia San Miguel Arcángel rumbo a la loma del Loro. Las calles principales están
cerradas, mientras la gente se agrupa por encima de las banquetas para
presenciar al Nazareno que carga una pesada cruz de madera. En su cabeza se
posa una corona de espinas y sus túnicas están manchadas de rojo. Los soldados
romanos, que por supuesto son más altos y más fuertes, azotan la espalda del
actor. Y aunque se trata de una representación, los golpes son fuertes, o al
menos así se ven.
“Viva el rey de
los tontos” gritan los soldados, mientras la gente acompaña el recorrido,
mujeres, niños, ancianos, y hombres, caminan detrás, presenciando todo. Las
sombrillas se posan sobre las cabezas de las mujeres, carriolas con bebes son
empujadas por los padres, los niños caminan mientras comen una paleta de hielo.
Son bastantes los que siguen el recorrido, la demás gente solo se asoma desde
los lados de la calle para ver qué pasa.
En cada estación
se reza, hay silencio, pero el sol comienza a sentirse insoportable. Hay
quienes se quedan en el camino, o se desvían para comprar algo de beber en los comercios
aledaños a las calles por donde pasa el viacrucis.
El hombre con la
cruz tropieza, está a unos escasos metros del puente de piedra, que permite
cruzar el rio; se levanta a punta de azotes. Se le ve cansado, la gente que
camina también lo está, claro que ellos no cargan casi 50 kilos de madera sobre
sus hombros, pero lo están. Los días de abril sin duda son calurosos, pero la
gente continúa. Estación, rezo, caminar, estación, rezo y caminar.
Por fin se llega
a la loma, la subida es de tierra, y esta algo empinada, personal de staff con
playeras moradas, para distinguirse, apartan a la gente que obstruye el camino,
desde la que ya espera, hasta aquellos que vienen caminando.
El hombre con la
cruz sube, mientras los soldados azotan su espalda, le gritan e insultan con
voz fuerte, “viva el rey de los gusanos” recitan. El camino a lo más alto de la loma está
adornado con palmas en cada lado. Las piedras en el suelo dificultan el caminar,
hay gente que tropieza, es demasiada, resulta imposible siquiera poder dar un
paso, todos se aglomeran porque el espacio se hace cada vez más pequeño.
A punto de
llegar una señora se desmaya, la gente la ayuda a levantarse.
El hombre con la
cruz llega al final de su recorrido, donde sin duda viene la peor parte, es la penúltima
estación, arriba lo esperan dos hombres que también están crucificados,
sudando, y con los ojos cansados. La cruz cae al suelo, el también, los soldados
lo atan a ella, sin necesidad de usar clavos, es un alivio. Después mediante
dos sogas que sostienen los dos lados de la cruz, el actor es levantado y queda
en medio de los otros dos crucificados.
En un momento pide agua, pero no se la dan. Hay un letrero encima de el
con la leyenda “INRI” que significa aquí está el rey de los judíos. La una de
la tarde, el sol quema como nunca, posado encima de todos, esperando la muerte
del Nazareno, “Dios mío, porque me has abandonado” son sus últimas palabras.
La gente
alrededor guarda silencio. Todos intentado cubrirse del sol, y con las piernas
medio acalambradas graban vídeo y toman unas cuantas fotos. La odisea de Jesús
ha terminado. Y para el grupo de actores del viacrucis también. Todo termina,
el escenario es desmontado, los actores son ayudados a bajar de las tres
cruces, las cuales permanecerán ahí por un tiempo.
La gente
comienza a disiparse, están cansados, ahora lo único que buscan, es algo muy
frió. Después guardaran el luto, por dos días. Es viernes santo, la semana
santa está a punto de llegar a su fin, algo que se viene celebrando desde el
siglo XIX, pero que todos sabemos ya cómo termina.
Por: Emmanuel del Rello
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